jueves, 23 de diciembre de 2010

LA IMPOTENCIA PSÍQUICA

Hablar de impotencia parece ser un sinónimo de disfunción eréctil, sin embargo las formas de impotencia psíquica son plurales y engloban diversas disfunciones genitales, que además siempre están en relación con otros hechos sintomáticos de la vida del sujeto, es decir, no sólo se padece de impotencia en lo genital sino también en otros campos como la toma de decisiones, la relación con los estudios, la construcción de una familia, o el ámbito laboral.

El término impotencia psíquica en referencia a los síntomas genitales incluye la siguiente nomenclatura:
• En el hombre:
- Disfunción eréctil: falta de erección o incapacidad para mantenerla. Es conveniente descartar en primer lugar posibles causas médicas como la diabetes, enfermedades cardiovasculares o alcoholismo crónico. En más de la mitad de los casos la causa es psíquica.
- Eyaculación precoz: salida inoportuna del semen por el conducto uretral; se puede decir que casi todos los hombres han tenido algún episodio en su vida. La etiología en el 98% de los casos es psíquica.
- Psicoanestesia: hace referencia a la falta de sensación de placer al eyacular.
• En la mujer:
- Frigidez: incapacidad para alcanzar el orgasmo en el coito. Etiología psíquica.
- Anafrodisia: apatía e incluso repugnancia respecto al acto sexual; es un síntoma concurrente en los casos de frigidez.
- Vaginismo: consistente en las contracción involuntaria de los músculos de la vagina hasta el extremo de impedir la penetración. Las causas son siempre psíquicas.
- Dispareunia: sensación dolorosa durante el acto sexual. Es conveniente en este caso descartar causas orgánicas como esterosis vaginales (estrechamineto anatómico de la vagina) o procesos infecciosos como la vaginitis, que produce dolores al efectuarse la penetración.

Hecha esta aclaración inicial de los términos que el paraguas de la impotencia psíquica cobija, veamos entonces con detalle las características más repetidas en las personas que padecen esta sintomatología ( teniendo en cuenta que el diagnóstico nunca es previo al tratamiento sino parte de él ) y los mecanismos psíquicos que se ponen en juego.

Un perfil de vida que se repite con insistencia en algunos hombres es la imposibilidad de mantener relaciones estables con una mujer, de tal forma que si bien se enamoran con una intensidad abrumadora, e incluso esta adoración permanece en su relato una vez terminada la relación sentimental, sin embargo no consiguen, a pesar de manifestar su intención de que así sea, permanecer en la relación; o bien, una vez logran construir una relación de pareja con una mujer, no pueden evitar sumergirse en múltiples aventuras sexuales con otras mujeres, a quienes nunca llegan a querer con la veneración que profesan a su esposa, con quien desean generalmente, si ella acepta, continuar una vida en común, pero al mismo tiempo parecen necesitar de otras mujeres, en una serie interminable, únicamente para realizar el acto sexual, pues es habitual que estos amoríos que comienzan con una fuerza abrumadora, pierdan rápidamente su efervescencia después de varios encuentros.
Suelen además buscar a sus amantes entre aquellas mujeres que ya tienen una relación amorosa con otro hombre, mujeres casadas o comprometidas, y esta condición muestra a veces tal inflexibilidad que una mujer indiferente en un principio puede constituirse en objeto de su atracción en cuanto entabla relaciones amorosas con otro hombre.
Ahora bien, las escenas de impotencia genital nunca suelen acontecer con aquellas mujeres a quienes el sujeto sólo considera sus amantes, en el sentido de vivir una relación básicamente de alcoba, desprovista de la sobreestimación que el amor otorga, sino precisamente con aquellas mujeres que más alta valoración le producen, es decir, es la mujer causa de su amor a quien no pueden al mismo tiempo desear.
La vida erótica permanece entonces disociada en dos direcciones: si aman a una mujer no pueden desearla y si la desean no pueden amarla.
La impotencia masculina, mucho más visible que la femenina que a continuación expondremos, se presenta como un auténtico enigma para el hombre que la padece, quien viéndose con gran potencia viril en el encuentro con aquellas mujeres a quienes no ama, e incluso en el fondo, considera moralmente poco válidas o poco refinadas, no puede sin embargo, mostrar su “hombría” precisamente con aquellas otras a quienes sí ama, y atribuye todos los dones que el amor convoca.

Las causas etiológicas de la impotencia psíquica nada tienen que ver con el cansancio o el estrés, ni tampoco, como suele pensarse frente a su experiencia, con el temor que engendra el recuerdo del primer fracaso sino que tienen su fundamento, según Freud nos muestra, en una inhibición del proceso evolutivo que conduce a la vida erótica a su estructura definitiva, recorrido que se inicia con el autoerotismo y se dirige al amor que incluye al otro y a la sexualidad adulta.
El amor maternal es para todo hombre su primera historia de desamor y digo desamor no porque ella no lo ame (algo que de ser percibido así, sea ésta su actitud o no, puede convertirse en la génesis de futuros actos vengativos desplazados en otras personas), sino porque esa primera mujer, que suscita no sólo su amor sino también su más encendido deseo, pertenece a otro hombre (su padre) y está prohibida por estructura. De manera, que si bien le está permitido amarla no se le autoriza desearla y en ese proceso de renuncia el hombre se humaniza. Ahora bien, esta renuncia no consiste en abandonar su deseo sino que precisamente porque el deseo se mantiene es reprimido y esta represión, que funda al sujeto psíquico, hará de ese deseo sexual infantil, en tanto reprimido, energía al servicio de otras relaciones, de otros haceres, de otros amores.
En la impotencia psíquica hay siempre un goce prohibido en juego, una fijación inconsciente a la imagen de esa madre primordial, que es en esencia la imagen de la omnipotencia, de la completud; por eso, podemos decir que sentirse omnipotente sólo hace aumentar la impotencia, que sentirnos completos, autosuficientes es una forma de “no poder” en toda la amplitud del verbo, porque como escribe Octavio Paz “es el otro quien me da plena existencia”, de tal forma que en la relación amorosa es el hombre quien da a la mujer la vajina y ella quien le da él el pene, así como nada sentimos de nuesto brazo hasta que otra mano lo toca.
La sexualidad del sujeto está fundada en la represión de la sexualidad infantil que tiene su nódulo en esa relación con aquella madre que la ley de interdicción del incesto la introduce como una mujer prohibida y en consecuencia, siempre habrá una tendencia en el sujeto a disociar el amor y el sexo, no pudiendo amar a quien se desea, ni desear a quien se ama. Cuando esta tendencia que habita en todos nosotros se hace norma la vida erótica queda mutilida y el hombre (en virtud del retorno de lo reprimido) no puede desear a las mujeres que le recuerdan en algún rasgo, y por lo que precisamente las ama, al objeto incestuoso materno.


Otro obstáculo en las relaciones sexuales es la idealización de la genitalidad que se traduce en una serie de exigencias idílicas que impiden amar. Uno debe saber que las escenas sexuales que muchas películas presentan, donde el hombre y la mujer llegan al orgasmo al unísono, alcanzan un éxtasis mudo, el pene se presenta como el único aparato de goce, los amantes se entienden con la mirada y cosas así…..nada tienen que ver con la vida erótica humana. Para que dos personas disfruten juntas de su genitalidad es necesario hablar, jugar con las palabras, algo que siempre nos asusta, tememos equivocarnos, cuando en realidad una frase se cambia con otra frase, uno puede ser desconsiderado en un primer decir y amante en la frase siguiente, claro está para eso debe renunciar a cierta cuota de narcismo por el amor al otro y reconocerse un poco bruto en esa combinación primera sino no podrá el cambio.
Somos hijos de nuestras conversaciones, por eso que desnudarse, no es quitarse la ropa sino atreverse a decir, y decir no es contarle nuestra vida al otro, error que suele cometerse con frecuencia en las relaciones de pareja, sino decir dónde uno prefiere que el otro le acaricie, versear con el idioma, respetar los diferentes ritmos de cada uno, porque nadie es igual a nadie, tampoco en lo genital.

Ángela Gallego
Psicoanalista
91.888.92.73